ZHUNGO
Esa era la tarde más propicia; acabado su turno extraordinario del día Sábado y sin otra obligación que volver temprano a casa con la paga de la semana, tan esperada por todos, decidido finalmente, Manuel Zhungo, se dirigió a la oficina de Servicio Social, para abrir su corazón y contar sus penas a una desconocida.
¡Qué paradojas tiene la vida! ¿Cuándo hubiera imaginado Manuel hablar con franqueza ni siquiera a su mujer, ni aún a algún amigo entrañable?... a menos que, con muchos tragos adentro del buen puro de caña, se aventurara a revelar secretos ocultos desde años, o resentimientos callados por temor... pero sincerarse con alguien, hablar de frente sin temor a ser criticado, ¡eso nunca, ni soñarlo!
Pero en esta ocasión, estaba decidido a hacerlo, lo había planeado desde muchos días atrás, semanas incluso; había pensado en cada palabra, en cada expresión, ya que necesitaba urgentemente de ayuda, y quién sabe por qué venturosa convicción, presentía que, Elena, la Trabajadora Social era la persona que le podría auxiliar.
Por el corredor central del departamento administrativo de la fábrica, los grandes e impecables ventanales que daban al patiecito interior, mostraban la calidez de la hora, las cinco y media de la tarde; el sol se colaba en vetas doradas por entre las ramas de un fresno en flor, que resplandecía en sus amarillos inconfundibles. La suavidad de aquella visión tranquilizó un poco los ánimos de Manuel, que bullían en su interior como tempestad de invierno; el valor, el coraje, el miedo, la angustia, se peleaban en su pecho como en lucha de titanes; su fe, actuaba de árbitro, una fe ciega, a medias, se diría, un tanto desfalleciente a ratos, que lo impulsaba a hacer lo que había decidido en su interior.
Sus pisadas retumbaron en el corredor desierto, pues a esa hora sólo trabajaban la asistente social y el contador, este último, a puerta cerrada, sumergido en sus números y cálculos.
De baja estatura, Manuel, con su rostro cobrizo de indígena puro, estaba marcado de arrugas profundas, como los surcos de su tierra natal, allá, en las altas montañas de Jima, donde tan bien se desempeñaba arando el terreno con su yunta de bueyes, piqueando y sembrando y arrancándole al terreno pobre y duro los mezquinos frutos que se dignaba ofrecer. Hombre recio, golpeado por el viento, por el frío de las madrugadas heladas, acostumbrado al trabajo desde muy niño, al trabajo fuerte, a la dureza de una vida sacrificada, llena de sufrimientos y privaciones, circunstancias éstas que le habían negado la posibilidad de estudiar y que apenas si le habían permitido aprender a garabatear su nombre, a modo de firma, para poder cobrar el salario en la fábrica de la ciudad.
Y allí estaba él, con su gorra gris gastada entre las manos temblorosas, parado en el umbral de la puerta de aquella oficina, mirando al suelo, sin decidirse finalmente a entrar.
Elena Moscoso, en sus veinticuatro años, llena de vida y de belleza interior como un sol de Agosto deslumbrante, le contempló tiernamente como se mira a un animalito indefenso y asustado. El cabello rubio, la tez tan blanca, los ojos almendrados y dulces de la joven mujer, terminaron por convencer a Manuel de llevar a cabo su propósito.
- Buenas tardes. Pase, por favor, tome asiento –dijo Elena en tono tranquilizador -. ¿En qué le puedo servir?
Dando vueltas a su gorra entre las manos, a derecha e izquierda, Manuel, al fin, logró articular:
- Perdóneme, señorita. Yo quisiera hablarle de un asunto.
- Dígame, estoy justamente aquí para ayudarle ... claro, siempre que esté dentro de mis posibilidades –aclaró dulcemente Elena.
- Verá, señorita ... yo llevo viviendo con mi mujer como veintiocho años, más o menos, tenemos siete hijos, la mayor ya tiene veintisiete y está casada y con guaguas; los otros trabajan y estudian, las dos menores todavía están en la escuela, la última tiene once años y repite el quinto grado. Ahora mi mujer está esperando otro y estamos asustados, porque ella tiene cincuenta años. Se fue al médico del Seguro campesino y le dijo que tuviera mucho cuidado porque era peligroso a su edad y después de tantos años; le ordenó que no trabajara, y ella tiene que hacerlo, porque la plata no nos alcanza; le dijo que se estuviera quietecita todo el día, que no haga fuerzas y que para el parto se vaya al Hospital, que no llame a la comadre como otras veces.
¿Usted... qué piensa, señorita? ¿Estará bien lo que le dijo el médico?
Elena, que había escuchado con calma la explicación, sin mover un músculo, sin pestañear siquiera, reflexionaba interiormente en la probable veracidad de la historia. Acostumbrada a tratar con obreros de los barrios marginales y con indígenas cargadores como éste, ya tenía en su inconsciente, muy a pesar suyo, la temible muralla del prejuicio, bien levantada y cimentada. ¡Cuántas narraciones inventadas por algunos inescrupulosos que, hasta llegaban a afirmar que tenían a un hijito, a la esposa o a la misma madre al borde de la muerte, con el sólo propósito de obtener una ayuda económica extra o un préstamo fácil, con bajos intereses al momento; ¡cuántas mentiras había escuchado ya!
Pero no, debía destruir una vez más aquella valla, aún bajo el riesgo de ser víctima de un engaño; debía desmoronar ese muro inmediatamente para estudiar con objetividad imparcial el problema planteado.
Elena, en el fondo, confiaba en un sexto sentido muy aguzado en ella, una intuición fina, que casi nunca le había traicionado. Creyó en ese momento, percibió la verdad en sus ojos, en su voz entrecortada, en el tenue temblor de sus labios, en el movimiento incesante de sus manos que no daban descanso a esa gorra ajada y sucia de trabajador; todo aquello confirmaba en ella la secreta convicción de estar frente a un hecho verdadero y penoso, ante el cual, incluso, las palabras quedaban cortas, y además, debía imaginar un sinnúmero de circunstancias colaterales dolorosas y angustiantes.
Después de una pausa, que a Manuel le pareció eterna, Elena, con la misma natural calma que le caracterizaba, averiguó:
- Dígame su nombre, por favor.
- Manuel Zhungo –se apresuró a contestar, ansioso.
- Ahora, cuénteme, Manuel: sus hijos: los que ya trabajan, ¿continúan viviendo con usted?
- Sí ... –titubeó Manuel -. Es que no tienen dónde ir todavía. Mi muchacho, el Juan, que tiene veintidós, ahora se le dio por estudiar en el nocturno; trabaja durante el día, pero lo que gana lo ocupa en sus libros y en ropita. Además, está ahorrando para comprarse una cómoda, no le gusta que su ropa esté mezclada con la de los hermanos, dice que se la ensucian. Algunas veces le da algo a la mamá, pero siempre repite que no le alcanza para nada.
Mi otra hija, la que le sigue, tiene veinte, y está con una hijita, pero el hombre que la preñó se escapó a la Costa, y según dicen, está trabajando en una finca de banano, pero a ella no le manda nada; y lo que gana ella como doméstica se le va en remedios y comida para la guagua.
De ahí le sigue otra, que tiene dieciocho, esta estudia el Corte en la ciudad y quiere que le compre una máquina de coser; pero están muy caras. Esta es más calmada, no tiene novio, pero no ayuda mucho en la casa porque trabaja para una señora, que le paga con comida y con ropa, no más.
Le sigue un guambra de trece que es un poco ocioso, me perdió este año el Primer Curso, yo le dije que si no estudia y sale bien, tiene que buscarse un trabajo; éste es contestón y rebelde.
Las dos últimas son mujeres, una termina este año el sexto grado y la otra está en quinto, ellas son buenas, ayudan bastante en la casa, lavan la ropa y cocinan cuando la mamá no puede, pero todavía están más para el juego... no toman seriedad.
Mi mujer sale a lavar afuera, pasa todo el día, a veces desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, siempre metida en el agua, llega cansada a la casa y no tiene ánimos para nada. A ella le pagan el día, y eso nos sirve para la comida. Lo que yo gano, es para pagar el arriendo del cuarto, la ropa y los libros de los que estudian, y si alguno se enferma, tenemos que pedir prestado.
Toda mi familia está en Jima, nosotros nos vinimos para Cuenca hace doce años y les vemos muy de repente.
Elena, con sólo ver a aquel hombre, presuponía que su trabajo era el de cargador en las bodegas de la fábrica, y con seguridad, su sueldo sería el mínimo; de todas formas, averiguó:
- ¿Cuánto está ganando, Manuel?
- El básico, señorita. Me sube un poquito porque recibo una ayuda por los hijos menores, pero de todas formas, usted sabe cómo está todo de caro, que no alcanza para nada.
Manuel percibió que ése era el momento adecuado para hacer el pedido, y se lanzó como un tigrillo hambriento sobre su presa:
- Yo, señorita, quería pedirle a usted... a ver si me ayuda con un préstamo, porque mi mujer ya no puede trabajar, está muy gorda y dice que le duele la espalda cada vez que se agacha; como le dijo el médico que no se estuviera cansando, ella le hace caso y dice que ya no va a salir a lavar, que vea yo cómo consigo más plata.
Manuel, aliviado después de haberse desprendido de semejante peso, se acomodó en la silla y dejó de dar vueltas a su gorra por un instante. Ahora, de reojo, estudiaba a Elena con cierta incredulidad. En su mente no tenía sino una sola idea fija: esta mujer era su única alternativa, no veía ninguna otra forma de obtener ayuda, no sabía a quien más recurrir. Todos sus parientes y compadres, agricultores en la montaña, quizás vivían mucho mejor que él, porque tenían parcelas propias, algunas vacas que les producían leche, y también gallinas y cuyes, de los que echaban mano ante cualquier necesidad; sus cosechas de maíz, papas y algunas legumbres, les permitían comer bien a diario; pero dinero en efectivo, poseían muy poco, o casi nada; si vendían algún puerco o un ternero, era siempre para pagar la deuda acumulada en la tienda del pueblo; aparte de eso, no tenían ni ahorros, ni cosas valiosas que empeñar. Manuel conocía muy bien la situación de su familia y sabía que no podía contar con la ayuda de ninguno de ellos.
Su única esperanza estaba allí enfrente, y quería creer que sería posible, que se haría realidad.
- Pues, veamos, Manuel; su esposa, ¿cuántos meses tiene de embarazo?
- Ya va para los seis, señorita.
- O sea, que todavía le faltan tres meses de espera, ¿verdad?
- Me creo que sí, señorita – contestó Manuel, un poco azorado.
- Bien, bien – repitió Elena con su acostumbrada calma -. Tenemos tres meses en los que pensar, durante los cuales ella no podrá salir a lavar ropa... y después del parto, seguramente otros dos meses, verdad?
Manuel no respondió, sus ojos desmesuradamente abiertos ahora, delataban su ansiedad creciente.
- Bien – continuó Elena -. Usted va a necesitar una ayuda mensual extra durante estos próximos cinco meses. Creo que le convendría más que un solo préstamo, ¿no le parece?
Manuel, con la mirada brillante de alegría, asintió con la cabeza, sin encontrar ninguna palabra que decir en aquel momento. Y Elena, que sabía interpretar tan bien los gestos, se apresuró a explicar:
- Quédese tranquilo, Manuel, todo se va a solucionar muy bien. No se preocupe, la fábrica le va a ayudar a usted en esta circunstancia. Yo haré todo lo posible en la próxima reunión de la Directiva para que se apruebe una bonificación extraordinaria durante cinco meses para usted considerando su situación muy particular, esto, le aclaro, como un caso extraordinario.
Le comunicaré la respuesta definitiva el próximo miércoles por la mañana; ¿de acuerdo? Usted pase un momentito por aquí antes del mediodía, y yo le tendré noticias; ¿le parece bien?
- Sí, señorita. Muchas gracias. Que Dios se lo pague, señorita. Yo vengo el miércoles... Sí, el miércoles, señorita.
Manuel salió radiante de la oficina de Elena, no sentía sus pies en el piso embaldosado del corredor, parecía flotar en una balsa sobre río correntoso, su corazón latía fuertemente y tenía ganas de hablar con alguien, de gritar, de explotar de emoción. Nunca antes se había sentido así; tal vez, más que el probable éxito de su gestión, le alegraba el haber tenido suficiente valor para dar ese paso tan importante y tan difícil para él: haber salido de sí mismo y del hueco en el que se hallaba sumergido y haber extendido su mano en reclamo de auxilio. Ahora, veía una pequeña luz al final del largo y obscuro camino y se sentía más libre y ligero.
¡Qué curioso! El nunca había pensado que sería posible pasar al otro lado de la acera. Al frente, caminaban los blancos, con sus riquezas y sus ciencias; y de este otro lado, los de su raza, los indígenas, agobiados por la miseria, menospreciados y tristes; así lo había visto siempre y jamás se le había ocurrido pensar siquiera que fuera posible cruzar de acera.
Pero ahora, venciendo aquel miedo invencible al desprecio, a la burla, a la desconfianza, lo había logrado, en cierta forma, lo había conseguido. Por un momento se había pasado a la vereda de enfrente para pedir ayuda a una blanca, y ésta, le había extendido la mano y le había dado esperanzas. Y entonces, una idea comenzó a tomar cuerpo en su mente:
“¿Por qué no confiar? ¿Por qué no seguir adelante? Al fin de cuentas, como dice el padrecito de la iglesia, ‘todos somos hermanos’. A lo mejor... es verdad y tiene razón el padrecito”.
¡Qué paradojas tiene la vida! ¿Cuándo hubiera imaginado Manuel hablar con franqueza ni siquiera a su mujer, ni aún a algún amigo entrañable?... a menos que, con muchos tragos adentro del buen puro de caña, se aventurara a revelar secretos ocultos desde años, o resentimientos callados por temor... pero sincerarse con alguien, hablar de frente sin temor a ser criticado, ¡eso nunca, ni soñarlo!
Pero en esta ocasión, estaba decidido a hacerlo, lo había planeado desde muchos días atrás, semanas incluso; había pensado en cada palabra, en cada expresión, ya que necesitaba urgentemente de ayuda, y quién sabe por qué venturosa convicción, presentía que, Elena, la Trabajadora Social era la persona que le podría auxiliar.
Por el corredor central del departamento administrativo de la fábrica, los grandes e impecables ventanales que daban al patiecito interior, mostraban la calidez de la hora, las cinco y media de la tarde; el sol se colaba en vetas doradas por entre las ramas de un fresno en flor, que resplandecía en sus amarillos inconfundibles. La suavidad de aquella visión tranquilizó un poco los ánimos de Manuel, que bullían en su interior como tempestad de invierno; el valor, el coraje, el miedo, la angustia, se peleaban en su pecho como en lucha de titanes; su fe, actuaba de árbitro, una fe ciega, a medias, se diría, un tanto desfalleciente a ratos, que lo impulsaba a hacer lo que había decidido en su interior.
Sus pisadas retumbaron en el corredor desierto, pues a esa hora sólo trabajaban la asistente social y el contador, este último, a puerta cerrada, sumergido en sus números y cálculos.
De baja estatura, Manuel, con su rostro cobrizo de indígena puro, estaba marcado de arrugas profundas, como los surcos de su tierra natal, allá, en las altas montañas de Jima, donde tan bien se desempeñaba arando el terreno con su yunta de bueyes, piqueando y sembrando y arrancándole al terreno pobre y duro los mezquinos frutos que se dignaba ofrecer. Hombre recio, golpeado por el viento, por el frío de las madrugadas heladas, acostumbrado al trabajo desde muy niño, al trabajo fuerte, a la dureza de una vida sacrificada, llena de sufrimientos y privaciones, circunstancias éstas que le habían negado la posibilidad de estudiar y que apenas si le habían permitido aprender a garabatear su nombre, a modo de firma, para poder cobrar el salario en la fábrica de la ciudad.
Y allí estaba él, con su gorra gris gastada entre las manos temblorosas, parado en el umbral de la puerta de aquella oficina, mirando al suelo, sin decidirse finalmente a entrar.
Elena Moscoso, en sus veinticuatro años, llena de vida y de belleza interior como un sol de Agosto deslumbrante, le contempló tiernamente como se mira a un animalito indefenso y asustado. El cabello rubio, la tez tan blanca, los ojos almendrados y dulces de la joven mujer, terminaron por convencer a Manuel de llevar a cabo su propósito.
- Buenas tardes. Pase, por favor, tome asiento –dijo Elena en tono tranquilizador -. ¿En qué le puedo servir?
Dando vueltas a su gorra entre las manos, a derecha e izquierda, Manuel, al fin, logró articular:
- Perdóneme, señorita. Yo quisiera hablarle de un asunto.
- Dígame, estoy justamente aquí para ayudarle ... claro, siempre que esté dentro de mis posibilidades –aclaró dulcemente Elena.
- Verá, señorita ... yo llevo viviendo con mi mujer como veintiocho años, más o menos, tenemos siete hijos, la mayor ya tiene veintisiete y está casada y con guaguas; los otros trabajan y estudian, las dos menores todavía están en la escuela, la última tiene once años y repite el quinto grado. Ahora mi mujer está esperando otro y estamos asustados, porque ella tiene cincuenta años. Se fue al médico del Seguro campesino y le dijo que tuviera mucho cuidado porque era peligroso a su edad y después de tantos años; le ordenó que no trabajara, y ella tiene que hacerlo, porque la plata no nos alcanza; le dijo que se estuviera quietecita todo el día, que no haga fuerzas y que para el parto se vaya al Hospital, que no llame a la comadre como otras veces.
¿Usted... qué piensa, señorita? ¿Estará bien lo que le dijo el médico?
Elena, que había escuchado con calma la explicación, sin mover un músculo, sin pestañear siquiera, reflexionaba interiormente en la probable veracidad de la historia. Acostumbrada a tratar con obreros de los barrios marginales y con indígenas cargadores como éste, ya tenía en su inconsciente, muy a pesar suyo, la temible muralla del prejuicio, bien levantada y cimentada. ¡Cuántas narraciones inventadas por algunos inescrupulosos que, hasta llegaban a afirmar que tenían a un hijito, a la esposa o a la misma madre al borde de la muerte, con el sólo propósito de obtener una ayuda económica extra o un préstamo fácil, con bajos intereses al momento; ¡cuántas mentiras había escuchado ya!
Pero no, debía destruir una vez más aquella valla, aún bajo el riesgo de ser víctima de un engaño; debía desmoronar ese muro inmediatamente para estudiar con objetividad imparcial el problema planteado.
Elena, en el fondo, confiaba en un sexto sentido muy aguzado en ella, una intuición fina, que casi nunca le había traicionado. Creyó en ese momento, percibió la verdad en sus ojos, en su voz entrecortada, en el tenue temblor de sus labios, en el movimiento incesante de sus manos que no daban descanso a esa gorra ajada y sucia de trabajador; todo aquello confirmaba en ella la secreta convicción de estar frente a un hecho verdadero y penoso, ante el cual, incluso, las palabras quedaban cortas, y además, debía imaginar un sinnúmero de circunstancias colaterales dolorosas y angustiantes.
Después de una pausa, que a Manuel le pareció eterna, Elena, con la misma natural calma que le caracterizaba, averiguó:
- Dígame su nombre, por favor.
- Manuel Zhungo –se apresuró a contestar, ansioso.
- Ahora, cuénteme, Manuel: sus hijos: los que ya trabajan, ¿continúan viviendo con usted?
- Sí ... –titubeó Manuel -. Es que no tienen dónde ir todavía. Mi muchacho, el Juan, que tiene veintidós, ahora se le dio por estudiar en el nocturno; trabaja durante el día, pero lo que gana lo ocupa en sus libros y en ropita. Además, está ahorrando para comprarse una cómoda, no le gusta que su ropa esté mezclada con la de los hermanos, dice que se la ensucian. Algunas veces le da algo a la mamá, pero siempre repite que no le alcanza para nada.
Mi otra hija, la que le sigue, tiene veinte, y está con una hijita, pero el hombre que la preñó se escapó a la Costa, y según dicen, está trabajando en una finca de banano, pero a ella no le manda nada; y lo que gana ella como doméstica se le va en remedios y comida para la guagua.
De ahí le sigue otra, que tiene dieciocho, esta estudia el Corte en la ciudad y quiere que le compre una máquina de coser; pero están muy caras. Esta es más calmada, no tiene novio, pero no ayuda mucho en la casa porque trabaja para una señora, que le paga con comida y con ropa, no más.
Le sigue un guambra de trece que es un poco ocioso, me perdió este año el Primer Curso, yo le dije que si no estudia y sale bien, tiene que buscarse un trabajo; éste es contestón y rebelde.
Las dos últimas son mujeres, una termina este año el sexto grado y la otra está en quinto, ellas son buenas, ayudan bastante en la casa, lavan la ropa y cocinan cuando la mamá no puede, pero todavía están más para el juego... no toman seriedad.
Mi mujer sale a lavar afuera, pasa todo el día, a veces desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, siempre metida en el agua, llega cansada a la casa y no tiene ánimos para nada. A ella le pagan el día, y eso nos sirve para la comida. Lo que yo gano, es para pagar el arriendo del cuarto, la ropa y los libros de los que estudian, y si alguno se enferma, tenemos que pedir prestado.
Toda mi familia está en Jima, nosotros nos vinimos para Cuenca hace doce años y les vemos muy de repente.
Elena, con sólo ver a aquel hombre, presuponía que su trabajo era el de cargador en las bodegas de la fábrica, y con seguridad, su sueldo sería el mínimo; de todas formas, averiguó:
- ¿Cuánto está ganando, Manuel?
- El básico, señorita. Me sube un poquito porque recibo una ayuda por los hijos menores, pero de todas formas, usted sabe cómo está todo de caro, que no alcanza para nada.
Manuel percibió que ése era el momento adecuado para hacer el pedido, y se lanzó como un tigrillo hambriento sobre su presa:
- Yo, señorita, quería pedirle a usted... a ver si me ayuda con un préstamo, porque mi mujer ya no puede trabajar, está muy gorda y dice que le duele la espalda cada vez que se agacha; como le dijo el médico que no se estuviera cansando, ella le hace caso y dice que ya no va a salir a lavar, que vea yo cómo consigo más plata.
Manuel, aliviado después de haberse desprendido de semejante peso, se acomodó en la silla y dejó de dar vueltas a su gorra por un instante. Ahora, de reojo, estudiaba a Elena con cierta incredulidad. En su mente no tenía sino una sola idea fija: esta mujer era su única alternativa, no veía ninguna otra forma de obtener ayuda, no sabía a quien más recurrir. Todos sus parientes y compadres, agricultores en la montaña, quizás vivían mucho mejor que él, porque tenían parcelas propias, algunas vacas que les producían leche, y también gallinas y cuyes, de los que echaban mano ante cualquier necesidad; sus cosechas de maíz, papas y algunas legumbres, les permitían comer bien a diario; pero dinero en efectivo, poseían muy poco, o casi nada; si vendían algún puerco o un ternero, era siempre para pagar la deuda acumulada en la tienda del pueblo; aparte de eso, no tenían ni ahorros, ni cosas valiosas que empeñar. Manuel conocía muy bien la situación de su familia y sabía que no podía contar con la ayuda de ninguno de ellos.
Su única esperanza estaba allí enfrente, y quería creer que sería posible, que se haría realidad.
- Pues, veamos, Manuel; su esposa, ¿cuántos meses tiene de embarazo?
- Ya va para los seis, señorita.
- O sea, que todavía le faltan tres meses de espera, ¿verdad?
- Me creo que sí, señorita – contestó Manuel, un poco azorado.
- Bien, bien – repitió Elena con su acostumbrada calma -. Tenemos tres meses en los que pensar, durante los cuales ella no podrá salir a lavar ropa... y después del parto, seguramente otros dos meses, verdad?
Manuel no respondió, sus ojos desmesuradamente abiertos ahora, delataban su ansiedad creciente.
- Bien – continuó Elena -. Usted va a necesitar una ayuda mensual extra durante estos próximos cinco meses. Creo que le convendría más que un solo préstamo, ¿no le parece?
Manuel, con la mirada brillante de alegría, asintió con la cabeza, sin encontrar ninguna palabra que decir en aquel momento. Y Elena, que sabía interpretar tan bien los gestos, se apresuró a explicar:
- Quédese tranquilo, Manuel, todo se va a solucionar muy bien. No se preocupe, la fábrica le va a ayudar a usted en esta circunstancia. Yo haré todo lo posible en la próxima reunión de la Directiva para que se apruebe una bonificación extraordinaria durante cinco meses para usted considerando su situación muy particular, esto, le aclaro, como un caso extraordinario.
Le comunicaré la respuesta definitiva el próximo miércoles por la mañana; ¿de acuerdo? Usted pase un momentito por aquí antes del mediodía, y yo le tendré noticias; ¿le parece bien?
- Sí, señorita. Muchas gracias. Que Dios se lo pague, señorita. Yo vengo el miércoles... Sí, el miércoles, señorita.
Manuel salió radiante de la oficina de Elena, no sentía sus pies en el piso embaldosado del corredor, parecía flotar en una balsa sobre río correntoso, su corazón latía fuertemente y tenía ganas de hablar con alguien, de gritar, de explotar de emoción. Nunca antes se había sentido así; tal vez, más que el probable éxito de su gestión, le alegraba el haber tenido suficiente valor para dar ese paso tan importante y tan difícil para él: haber salido de sí mismo y del hueco en el que se hallaba sumergido y haber extendido su mano en reclamo de auxilio. Ahora, veía una pequeña luz al final del largo y obscuro camino y se sentía más libre y ligero.
¡Qué curioso! El nunca había pensado que sería posible pasar al otro lado de la acera. Al frente, caminaban los blancos, con sus riquezas y sus ciencias; y de este otro lado, los de su raza, los indígenas, agobiados por la miseria, menospreciados y tristes; así lo había visto siempre y jamás se le había ocurrido pensar siquiera que fuera posible cruzar de acera.
Pero ahora, venciendo aquel miedo invencible al desprecio, a la burla, a la desconfianza, lo había logrado, en cierta forma, lo había conseguido. Por un momento se había pasado a la vereda de enfrente para pedir ayuda a una blanca, y ésta, le había extendido la mano y le había dado esperanzas. Y entonces, una idea comenzó a tomar cuerpo en su mente:
“¿Por qué no confiar? ¿Por qué no seguir adelante? Al fin de cuentas, como dice el padrecito de la iglesia, ‘todos somos hermanos’. A lo mejor... es verdad y tiene razón el padrecito”.
Mirian Riba
1995
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