Cuento


LA ESPERA

   La esquina rugía, como todas las mañanas a esa misma hora: ocho y veinticinco frente a la plaza y entre las ruedas de los autos y los pies de los hombres y mujeres desganados, el calor se resumía desde los cordones de la vereda y se colaba por la alcantarilla boquiabierta, alelada, incrédula, como ella, esperando el agua de tormenta que arrastrara su humedad así como ella esperaba la flor y el beso del compañero amado en aquel día.
   Las sillas del bar se reían a carcajadas, con sus labios enormes de plástico verde atados por poderosos dientes aferrados, esperando también abrazar y retener al que no llega.
   El agua y el café sin servir se descolgaban lacónicamente en gotas tristes que bajaban cabizbajas desde el pico humeante de la máquina exprés y se perdían sin remedio por entre las hendijas del no fue.
   El mozo, cómplice benévolo del ausente sonreía con sorna mal trazada desde su envidia de la no posesión y pertenencia ajena y miraba su reloj pulsera como diciendo: "Ya no viene, jajajaja..."
   Los cristales de la vidriera del bar espejeaban el mutismo de aquel encuentro abortado, mientras ella continuaba allí, inmóvil, estupefacta, sin sentir la presión de sus músculos ni nervios sobre los huesos por la fracción eterna de segundos.
   Estaba tan segura de que sí iría y era tan inconmensurable su incredulidad al no encontrarlo, tan infinitamente poderosa su desdicha, que se dejó devorar de un tirón por la boca hambrienta y lujuriosa del no fue y engullida así se convirtió con ella, en la nada.
   Patética escultura de mujer que espera...
los dientes de las sillas se burlaban...
el mozo,
el agua
y el café que no alcanzó a poseer su taza,
los vidrios y la esquina misma reclamaron su ausencia y en un grito sin voz, desde el resumidero de la calle aullaron los restos secos y estancados de otras flores arrancadas por los vientos y el olvido de la plaza.

Mirian Riba
9/03/2002



UN MINUTO EN LA VIDA

   Se pasaría horas y hasta días enteros extasiado contemplando aquel rostro hermoso. Era consciente que le estaba robando un minuto a la vida para detenerse frente a él y devorarlo. No podía, no debía, luego se lo reclamaría incansablemente, lo sabía bien.
   Cabello de miel oscura sobre una piel tan blanca que hasta hería incisivamente su orgullo moreno. El bucle tupido de unas pestañas rubias velaban apenas aquellos dos soles de ojos, tan dorados como los de un atardecer de otoño, cálidos, acariciadores, pacíficos.
   ¡Qué bella era Dios mío! Aún así a la luz mortecina del farol de calle.
   La boca, un beso perfecto de rojo encarnado, tan tierno y apetecible como el primero. Al detenerse en esos labios se le estremeció el cuerpo hasta el último escondrijo y desechando los recuerdos dolorosos de otros besos, pensó en morderlos de rabia y deseo frustrado.
   Alzó su mano grotesca para tomar el botín y observó aterrado, que aquel esbozo de sonrisa se nublaba inexorablemente bajo la sombra de esa mano ruda. Y en dos segundos, que no le dieron tiempo a nada: los ruidos en la habitación contigua, la luz y un arma en la nuca con el trasfondo cada vez más enloquecedor del llanto de la recién nacida.
Mirian Riba
9.04.2004

LA HORA DE LA MUJER

   Las hojas, estáticas en sus ramas, espetaban con asombro bajo un cielo cobrizo que auguraba tempestad. El viento había cesado de repente, y esa calma sepulcral que presagia desastres, cernía su temido capote sobre el paisaje, salvaje y hostil, del mediodía.
   Los pájaros permanecían inmóviles en sus refugios, presos del espanto, mudos del terror; apretaban sus alas contra sus cuerpos y hundían sus cabezas entre las plumas, negándose a observar.
   El chillido inconfundible de los monos se había detenido por un instante, suspendido entre los helechos y las lianas. Hasta las orquídeas contenían su perfume, tornando insoportable la atmósfera, saturada de silencio, de inmovilidad, de incertidumbre.
Había llegado la hora de la mujer, y ella... sola... patéticamente sola, bajo un cielo cerrado con candado a la esperanza y sobre una tierra condenada a su fatal destino, con voz estremecida por el dolor, grito... y aquel primer grito humano, terrible, angustioso, rasgó las espesuras del abismo, retumbando con eco eterno en los confines del Universo.
   Y dio a luz un hijo... y le puso por nombre “Caín”.
Mirian Riba
Año 1999

LA VENGANZA DE SEMIRA

   Eran las seis y media de la tarde de un gélido Domingo de Junio del año dos mil, cuando se dio perfecta cuenta de lo que estaba ocurriendo.
   Entornó sus ojos castaños, cerró los oídos a los gritos de auxilio de sus emociones a flor de piel, entrecruzó sus manos delgadas y blancas con firmeza y oprimió los labios en un rictus de amargura y consternación.
   Lo acababa de entender todo, lo veía con nitidez asombrosa aunque aterradora, y aquel descubrimiento, le helaba la sangre en las venas.
   Clarisa, sentada en su reposera, sola en la habitación, después de haber repasado una y mil veces su último y desafortunado encuentro con aquel pianista de voz melodiosa, en el hall del Grand Hotel, terminó por comprender cabalmente cuál era su destino.
   Se había enamorado perdidamente de un artista, estaba trastornada por una obsesión que la impulsaba a buscarlo, a espiarlo, a seguirlo a todo cuanto concierto éste diera, a las horas más irrazonables, en los lugar más insospechados. Había llegado hasta la locura de levantarse al alba de Lunes a Viernes, en medio del frío, para pasar por su calle y cruzarse con él dos segundos y poder mirarlo de frente mientras él esperaba el colectivo que lo llevaba al lugar de su trabajo cada mañana.
   Clarisa había perdido los estribos, sentía que su vida era una carrera desbocada, sin frenos, en dirección hacia aquel hombre que la enloquecía. Y nada menos ella, que se creía tan sensata, tan cabal, tan dura y difícil de domar en sus treinta y dos años invictos, dedicada sólo a su profesión, había terminado con la boca abierta frente a una ilusión, frente a un espejismo que la desquiciaba.
   ¿Qué había en los ojos de aquel hombre que la trastornaba de tal forma así?
   Se había hecho aquella pregunta cien veces al día durante los últimos meses, y lo único que encontraba como respuesta era el retumbar escandaloso del  corazón en su pecho cada vez que lo nombraba o pensaba en él.
   Pero en ese instante lo entendió todo. Se trataba de una maldición, de una venganza, sutil y perversa de la que no podría librarse jamás.
   Clarisa aflojó sus labios y esbozó una sonrisa melancólica.
   Había sido vencida.
   El juego estaba descubierto, las cartas a la vista.
— Esta bien – dijo entre dientes.
— Está muy bien.
Has ganado una vez más.
Aquí me tienes, Semira... humillado hasta la muerte, acabado, fundido, hecho pedazos por el amor de un desgraciado, de un pobre infeliz, que para colmo ni me da bolilla!
Me mira de reojo, por encima del hombro, me desprecia; hasta quizás disfruta pisoteando mi escaso orgullo, lo poco que me queda después de la cuarta maldita ...
¡Semira...  Semira! Por el amor de Dios... ¡ten piedad de mí!
¿Hasta cuándo me vas a torturar?
¿No fueron suficientes las cuatro anteriores?
¿No gozaste ya bastante viéndome recluido en el cuerpo flaco y débil de aquella primera mujercita víctima de la peste?
¿No te alcanzó con la miseria que me tocó vivir en la carne de la sifilítica?
¿No te divertiste a tus anchas con las penurias por las que atravesé en el pellejo de la gorda prostituta?...
Y la cuarta... ¿no fue lo máximo? Dime, Semira ¿no te encantó contemplarme sumiso y maltratado por el bestia del botellero, machista hasta la médula espinal, cargando en mi vientre con trece diablos, hijos varones todos calcados a su padre, que era el mismísimo Satán?
¿No fue suficiente, Semira, verme en la más absoluta miseria, fregando ropa ajena y limpiando los vómitos de mi marido y de mis hijos borrachos sobre el piso de piedra de la covacha, que se supone era mi hogar?
¿No fue demasiado aguantar a ese bárbaro insaciable que me violó religiosamente tres veces al día durante dieciocho años?
   Con él,  yo creía haber pagado más del triple de lo que te debía, Semira, más del triple de lo que yo, ¡maldita la hora! te hice sufrir a ti.
   Pero ¿qué me toca ahora, Semira? ¡Por compasión! Creo que esto es el culmen de la humillación. Porque el dolor de las mujeres anteriores lo sobrellevé en la carne, en el cuerpo; me golpearon, me insultaron, me violaron, me maltrataron, me enfermaron y me mataron... cuatro veces. Pero ésta, Semira, ésta es terriblemente más poderosa y denigrante que las cuatro anteriores juntas. Con Clarisa me ha tocado sufrir en el alma, en la mente, en el espíritu, y esto sí que duele.
Mírame, hoy me veo enfermo de amor por un hombre y creo que esto es el colmo; ahora resulta que no como, ni duermo, ni vivo sino pensando en él.
¡Esto es la cima de tu venganza!
   Además, míralo a él, pero si es un petiso, mechudo, malatraza, que apenas si toca bien el piano. Por Dios, ¿cómo una mujer puede perder la cabeza por un tipo así? ¿Qué tiene de divino, de fascinante? ¿Qué? ¿Qué? ¡Dímelo!
Al menos yo, sí tenía mi pinta y además estatura y las armas bien puestas... ¿Pero éste? ¡Si parece un mequetrefe! Y encima, enchufármelo a mí, por Dios, un aprendiz de músico... un principiante, nada menos que  a mí, que fui un genio de la ópera en mi tiempo!
   Creo que ahora que lo he entendido todo, que me has hecho verdaderamente morder el polvo, el mismísimo polvo que yo te hice chupar a ti, ya estarás feliz y tranquila, ¿no es verdad?
   ¿Nos quedamos en paz... querida?... ¿Me perdonas?
   Por favor, perdóname... ¡te lo ruego!

   A los dos días encontratron el cuerpo inerte de Clarisa, sentado en su reposera. Parecía estar dormida, como soñando con los ojos abiertos, fijos en una visión muy lejana.
   Las manos estaban aferradas todavía al papel donde había escrito aquel monólogo extraño que apenas develaba un escondido misterio.
   Nadie la lloró. La enterraron en un parque retirado de la ciudad, y el pianista nunca supo nada más de ella, ni se enteró de su muerte.
   Pero el espíritu torturado de Genaro Carbonelli, al fin pudo descansar en paz.
Y de la mano de Semira, su amante apasionada, cruzó el umbral del tiempo y del espacio en búsqueda del verdadero amor. 
 Mirian Riba
26.06.2000
 

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